El devenir en la música
Bailando en la oscuridad (Dancer in the dark, Dinamarca, 2000) es una película del director danés Lars von Trier –fundador, transgresor, deshacedor del Dogma 95 y persona non grata en Cannes 2011–, que pertenece a su Trilogía de los corazones de oro (Golden Heart Trilogy), junto con Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996) y Los idiotas (Idioterne, 1998).
Selma (Björk), una mujer joven, checa, inmigrante y pobre, a punto de quedarse ciega, tiene un único objetivo: pagar la operación de su hijo, Gene (Vladica Kostic), heredero de su extraña enfermedad degenerativa, a fin de evitar que también pierda la vista. Para lograrlo, ha ahorrado sus pagos como trabajadora de una fábrica -diciendo que eran para su padre en Checoslovaquia llamado Oldrich Novy- escondiéndolos en la alacena de un camper rentado a Bill (David Morse), oficial de policía que oculta su situación de bancarrota a su esposa Linda (Cara Seymour), por temor a perderla. Recibirá en todo momento el apoyo de Kathy/Cvalda (Katherine Deneuve), su compañera de trabajo y mejor amiga, y de Jeff (Peter Stormare), quien está enamorado de Selma.
Una noche, Bill, aprovechándose de la condición de Selma, se entera del escondite donde tiene el dinero. Se desencadenarán una serie de desgracias que llevarán a la protagonista a sus últimas consecuencias.
La cantautora islandesa Björk se transparenta con Selma, su personaje, y se pierde en ella y en sus alucinaciones musicales: sueños que sólo pueden darse al estar despierta, en contacto con la vida y con la vista oscurecida, pues surgen al escuchar cualquier ruido o sonido del ambiente y luego de componerlos mentalmente en una improvisada y bella pieza musical. Selma siente la música y la danza: es el ritmo de la vida. Selma deviene en la música, se transforma en otra cosa que la hace, incluso, transportarse a otro plano donde el sufrimiento no existe.
Este devenir en la música es parte del ser ciego, de suplir tan indispensable sentido con los otros cuatro. Es una ceguera visual pero una nueva forma de sentir la vida, manifestada en la música y la danza. No es sentir artificialmente el ritmo deliberado de canciones tradicionales como So Long Farewell de The Sound of Music (La novicia rebelde, 1965) de Robert Wise –a la cual se hace referencia en el filme–, sino sentir el ritmo del mundo y volverlo música.
Este devenir en la música es parte del ser ciego, de suplir tan indispensable sentido con los otros cuatro. Es una ceguera visual pero una nueva forma de sentir la vida, manifestada en la música y la danza. No es sentir artificialmente el ritmo deliberado de canciones tradicionales como So Long Farewell de The Sound of Music (La novicia rebelde, 1965) de Robert Wise –a la cual se hace referencia en el filme–, sino sentir el ritmo del mundo y volverlo música.
Todo momento crucial en la historia de Selma deviene musical dancístico de la tragedia, pero también es aceptación de ello y reconciliación con ella misma. Incluso, cuando recorre en compañía de su guardia Brenda (Siobhan Fallon) los 107 pasos que la llevarán a una posible oscuridad definitiva, lo hace bailando y cantando. “Es la última canción si dejamos que así sea”, nos dice la película.
A pesar de su ceguera, Selma es la que más ve de todos. De alguna u otra manera los personajes que la rodean no perciben el mundo con claridad. Bill está cegado por el miedo a perder a su esposa, Linda por la codicia, Jeff por el amor, Gene por la vergüenza y Kathy por la protección que le da a Selma.
Las secuencias musicales se diferencian del resto del metraje. Cada una de ellas se compone de tomas filmadas con 100 cámaras distintas y de celuloides expuestos a variados niveles, manifestando un mayor o menor reventado de granos. El director filma cada detalle de la vida de Selma (Björk), montándolos magistralmente.
Y en el preludio, nos muestra toda la vida. Lo acompaña la bella música Overtura compuesta por la misma Björk. Se muestra la oscuridad, luego un lienzo en blanco donde surgen algunas manchas oscuras que devienen grandes pinceladas coloridas (la plenitud) y después hace el proceso inverso (el ocaso), las manchas retornan al lienzo en blanco y a la oscuridad: es una vuelta al origen.
La película celebra la vida y la lucha frente a la desgracia y la tragedia. Sin importar la oscuridad, es uno mismo quien debe proveerse de su luz: es una danza en la oscuridad.
Publicado originalmente el 02/04/2017 en iDigital Films.





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