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domingo, 29 de noviembre de 2020

La mosca (1986) de David Cronenberg

Esta película fue estrenada a mediados de la década de los ochenta, una en la que la cinematografía se preocupaba por explorar temas que van mucho más allá de lo humano y lo terrestre. Por ejemplo, historias sobre monstruos paranormales, criaturas desconocidas, extraterrestres, viajes espaciales y en el tiempo, sociedades utópicas y distópicas, capacidades humanas potenciadas al máximo, tecnología descontrolada, entre muchos otros tópicos que se muestran temerosos por nuestra condición y el rumbo –incierto, quizás– que tomamos hacia el futuro. Sin embargo… ¡ah!, se me ha atravesado una mosca, de tamaño exagerado, frente a mis ojos; molestándome mientras escribo esto. La asusto con mi mano y, afortunadamente, se ha ido.


Así como este insecto se me ha cruzado, como ha pasado contigo o con muchos otros, y me ha interrumpido, también lo ha hecho en La mosca (The Fly, Estados Unidos, 1986), dirigida por David Cronenberg, pero esta vez con el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum), quien –desmedido en sus actos– busca probar su reciente invención consigo mismo, introduciéndose en un “telepod” para transportarse a otro, sin notar que una mosca entró junto con él. De este modo, sus genes se mezclan con el del insecto; dando lugar a una metamorfosis kafkiana en la que un hombre se convierte, en cuestión de pocos días, en una repulsiva mosca gigante.

Para el director canadiense la importancia de la transformación –del devenir mosca– no recae en sus consecuencias posteriores sino en los cambios físicos, mentales y emocionales que sufre Brundle en el momento. Como el surgimiento de pelos extraños en su espalda, la perdida de dientes y uñas, la expulsión de ácido de su boca para poder comer como una mosca o el desprendimiento de su piel, estos cambios y otros más se presentan en el filme con gran plasticidad –de la mano de Chris Walas y Stephan Dupuis–, tirándole al gore, apareciendo a manera de crescendo, pues su intensidad va aumentando hasta que se vuelven insoportables al final de la película. Con ello transmite el sentir del hombre en tal estado de metamorfosis y ocasionan en el espectador sensaciones de incomodidad y desagrado.


Todo el tiempo se recurren a movimientos de cámara, como el plano secuencia, para mantener la tensión en la imagen y el suspenso por ver qué aparecerá dentro del cuadro. La música de Howard Shore y el exceso de humo en las secuencias dentro del laboratorio del científico proveen de una atmósfera terrorífica a la película. Así, la espera por saber cómo terminará la metamorfosis se hace larga, hasta que Brundle tiene la idea de detenerla, aunque deba pedirle a Verónica (Geena Davis), la atractiva periodista con la que tiene un romance, que lo ayude. Ella se ha enamorado de él, pero sabe que su relación no podría darse a menos que devinieran mosca juntos, como un solo ser continuo; cosa que le resulta inconcebible e indeseable.

Un error no previsto, ocasionado por un insignificante insecto, desembocó toda una transformación repugnante de hombre a mosca que, junto con otro error tecnológico, se desbordó, ocasionando al final una atrocidad terrible que pedía a gritos su muerte. Cosa que debió de ser así, pues la naturaleza tiene límites. Cronenberg nos demuestra que, muchas veces, intentar ir más allá de nuestras capacidades humanas puede representar un error impensable que deviene metamorfosis repulsiva y que termina de la peor manera posible.

¡Demonios! La mosca que me molestó hace un rato sigue volando por ahí.



Publicado originalmente el 15/07/2017 en iDigital Films.

sábado, 28 de noviembre de 2020

El hombre elefante (1980) de David Lynch

De freak animal a ser humano

El asombro por lo nuevo y lo desconocido es una capacidad inherente a los seres humanos que ha permitido su supervivencia. Esa cualidad suele volverse una fascinación –atracción desenfrenada– hacia alguien o algo. 

En el cine de David Lynch, genio indiscutible, se encuentran plasmadas múltiples fascinaciones que seducen a su autor, como los ciclos que inician y terminan en un mismo punto a manera de bucle o loop, personajes complejos con destinos inciertos inmersos en grandes misterios, el uso de un montaje fragmentado, sonido distorsionado que incomoda al espectador o la presencia de cuerpos extraños conocidos como freaks o fenómenos. Ésta última fascinación es compartida por muchos, pues se asombran de lo extraño y grotesco a la vez que temen de ello.


Es en El hombre elefante (The Elephant Man, Estados Unidos-Reino Unido, 1980), la segunda película dirigida por el cineasta estadounidense, donde se explora la marginación que sufren las personas con deformidades corpóreas o psíquicas. En la película se muestra la vida de John Merrick (John Hurt), un hombre inglés físicamente deforme cuya apariencia se asemeja a la de un elefante, quien es exhibido como un fenómeno de circo. Es descubierto por el Dr. Frederick Treves (Anthony Hopkins) y llevado a una clínica para ser cuidado y estudiado. La historia se ubica en una época, muy gringa, donde era común exponer a los seres conocidos como freaks ante un público invadido por el morbo, el miedo y discursos discriminatorios.

Lynch utiliza una estética con influencia del expresionismo alemán, mostrando contrastes de luces y sombras, para generar sensaciones de misterio y temor en el espectador. La narrativa de la película es lineal y se apega a los estándares del cine estadunidense clásico; aunque posee secuencias muy lyncheanas que rompen con lo anterior y que generan desconcierto. Las más memorables son la inicial, la cual presenta el rostro de una bella mujer –la madre de Merrick– y su caótico encuentro con un elefante; otra es la intermedia, que muestra una pesadilla del nombrado “hombre elefante”; y la última, que regresa al comienzo.


La película es un camino a la humanidad, y a la civilización según ciertas convenciones sociales, de un hombre que fue despojado de su condición primigenia: ser humano, debido a su irremediable deformación que lo hace parecer más animal o monstruo –freak al final de cuentas– que hombre. 

Crece bajo la indiferente carpa de circo y siendo propiedad de su autoproclamado dueño Bytes (Freddie Jones), quien lo humilla para enriquecerse sus bolsillos. Durante todo ese tiempo es tratado como animal-fenómeno –siendo discriminado, humillado y maltratado– y ha sido obligado a olvidar y ocultar su esencia humana detrás de su apariencia; ni siquiera es capaz de comunicarse. 

Esto termina hasta que es arropado por la caridad de un doctor interesado en él y a la inesperada atención de una reconocida actriz de teatro como Madge Kendal (Anne Bancroft). Gracias a esta protección obtiene, poco a poco, confianza en la civilización que primero le escupió y recupera su autoconciencia, su seguridad, sus habilidades humanas y aprende las reglas de la convivencia social; lo que representa un ingreso a la sociedad y –como suele hacerlo David Lynch– un retorno a sus orígenes, a su verdadero ser.



Publicado originalmente el 29/06/2017 en iDigital Films.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Código desconocido (2000) de Michael Haneke

Secuencias vivas que nos son cercanas

Código desconocido: relato incompleto de diversos viajes (Code inconnu: récit incomplet de divers voyages, Francia-Alemania-Rumania, 2000) es una película escrita y dirigida por el genial cineasta austriaco Michael Haneke, quien nos muestra aquí diversos posibles momentos de la vida cotidiana en la Europa actual. Algunos de los cuales podemos entender debido a la influencia de esta cultura sobre América.


Estos momentos son reconstruidos -en su mayoría- como largos planos secuencia, divididos entre sí por fotogramas en negro, que le otorgan al espectador el papel de testigo sobre los pensamientos, palabras, acciones y emociones de los diversos personajes que se encuentran dentro del cuadro. Haneke hace que empaticemos con ellos, que incluso queramos entrometernos, pues viven situaciones que podrían ocurrirnos a nosotros.

El segundo plano secuencia de la película, momento común que reúne la vida de los personajes principales, comienza con Anne (Juliette Binoche), una actriz primeriza de cine, que camina hasta que es detenida por Jean (Alexandre Hamidi), el hermano menor de Georges (Thierry Neuvic) -su actual pareja-, quien posteriormente le arrojará a una indigente llamada María (Luminita Gheorghiu) un pedazo de papel. Este acto es visto por un joven maliano de nombre Amadou (Ona Lu Yenke), que lo obliga a disculparse hasta que llaman la atención de la policía. Finalmente, Anne regresa para defender a Jean. Esta secuencia se vuelve el detonante del resto de sus historias, de la diversidad de sus “viajes” en este relato cinematográfico.

Todo el filme se desarrolla en algún punto de París, no se distingue con precisión. En realidad, podría ser cualquier ciudad, cualquier sociedad europea. Las situaciones y problemas que ahí se desarrollan resultan comunes para todos ellos. Éstas están necesariamente inmersas en fenómenos sociales como la conformación de la familia, el fascismo latente, la discriminación, la marginación, la desigualdad, el acoso, la migración, el racismo y los que se puedan identificar.


De este modo, una mujer indigente que es humillada, un joven rebelde que decide salir de su casa, una mujer que es acosada en los vagones del metro, un migrante que es deportado, un joven negro que es castigado sin poder enunciar su verdad, un niño negro que es enjuiciado por el color de su piel, un padre que se queda solitario o una mujer que sufre de histeria, son hechos que nos resultan comunes. El cineasta se centra, por supuesto, en su cultura; pero al mismo tiempo representa cosas universales, pues no solo ocurren en las sociedades europeas, presumiblemente más avanzadas y de primer mundo, sino en todo el mundo.

Por otro lado, el director austriaco juega con nuestra percepción del espacio y del tiempo. Las secuencias están montadas en un orden fragmentado y nos obligan a viajar hasta el final de la película, con música de tambores de fondo, para unir los hilos narrativos y comprenderlo todo. Además, hay una secuencia en específico que resulta alucinante, un punto de quiebre espacio-temporal donde Anne (Juliette Binoche, genial como siempre) come con sus amigos hasta que la cámara sigue a Amadou y a su novia caucásica, para luego regresar a Anne de una forma inesperada. También hay ocasiones donde se rompe la cuarta pared, precisamente en las secuencias donde Anne actúa para su película. Y dentro de una de ellas, hay un evidente homenaje a Jean-Luc Godard y a Pierrot le fou.


Queda la pregunta: ¿cuál es el código desconocido? Una posible respuesta es la incomunicación. Está sugerida en las secuencias. Mucho más en la primera, que no es un plano secuencia porque utiliza cortes, porque nos deja ver a una niña que intenta comunicar algo a sus compañeros sordomudos, quienes fracasan al no poder adivinar lo que dice. También en la última, pues aparece otro niño sordomudo que a señas intenta decir algo; pero no logramos  saber qué fue. Existe una contención involuntaria de la palabra, la cual no sólo sucede en los afásicos sino en todos los seres con el potencial comunicativo. Así, Amadou no logra expresarse, Jean no confiesa a su padre los motivos de su huida y María no enuncia sus pesares a su familia.

Sin embargo, existe la posibilidad de que el código se refiera a ese impulso que nos hace seguir viviendo y que desconocemos. Porque a pesar de lo mucho que podamos sufrir, de los tantos y variados infortunios que se nos puedan atravesar, siempre queremos seguir adelante. Eso desconocido no es ya la ignorancia del lenguaje o la incomunicación misma, sino algo más allá de la lingüística, algo que remonta al terreno de lo abstracto, del entendimiento de las emociones y comportamientos humanos.


Michael Haneke realiza un film maduro y estremecedor con un profundo entendimiento de los problemas que aquejan a la sociedad actual. El principal que se expone en Código desconocido es la falta de comunicación y de empatía entre las personas. Luego de ver este filme quedan muchas dudas, pero también nos vuelve a acercar (a recordar) mediante secuencias vivas, fragmentos incompletos de varios viajes, lo que sucede actualmente y logra hacernos empatizar, sentir, pensar y reflexionar sobre nosotros.



Publicado originalmente el 14/06/2017 en iDigital Films.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Posesión (1981) de Andrzej Zulawski

Pasión demencial y caótica

En Posesión (Possession, Francia-Alemania, 1981), dirigida por el cineasta polaco Andrzej Zulawski, se muestra la pasión, la locura y el caos originados por la intensa relación entre Anna (Isabelle Adjani) y Mark (Sam Neill); por el deseo de poseerse y, a través del erotismo, convertirse en uno interminable.


Luego de una larga ausencia, Mark regresa a su hogar. Anna, su esposa, le dice que no sabe si sigue amándolo. Él sospecha que ella ha estado viendo a otro hombre, por lo que contrata a un detective para que la siga. Lo que descubrirán será alucinante y terrible a su vez.

Mark es poseído por una pasión que lo hace perder la cordura y comportarse violentamente: perseguir a Anna por su desastroso departamento, por las vacías calles de la Alemania Occidental y golpearla hasta sangrarla; lo mismo hace con Heinrich (Heinz Bennent), el amante de Anna.


Anna, en cambio, entra en un tránsito de locura exasperado. Está confundida, perdida. Sólo sabe que estar junto a Mark le provoca dolor, sensación que exterioriza cuando ella misma corta su propio cuerpo. Decide alejarse de sus relaciones con amigos, parejas e hijo. Se refugia en un lugar terrible y caótico. Lo que busca es el erotismo del cuerpo[1], uno carnal, proveniente de lo desconocido, de lo oscuro. Esto es representado con un cuerpo-objeto monstruoso, hecho de pura carne y sangre.


“Todos somos lo mismo pero en diferentes palabras, en diferentes cuerpos, en diferentes versiones; como insectos”, le dice Anna a Heinrich cuando éste le pide que regrese con él.

Mark y Heinrich descubren lo que Anna ha estado haciendo en su escondite. El segundo decide acusarla y el primero encubrirla. Se demuestra que Mark es quien sigue amando a Anna y no Heinrich, éste sólo satisfacía un deseo carnal con ella y nada más que eso.


La intensa relación entre Anna y Mark pasará de ser un erotismo del cuerpo a uno con afectos, de los corazones, según Bataille. Éste dice que “somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida”[2]. Ellos intentan perder esa discontinuidad convirtiéndose en un uno interminable.

Su relación pasó por un tránsito caótico donde la pasión se tornó demencial, violenta. Durante todo ese tiempo, Anna y Mark estuvieron buscando la continuidad en el mundo, una que se expresa por la vida eterna; por un amor que perdure siempre sin importar la muerte corpórea. Y sólo hasta el final lo comprendieron.


Notas.
[1] Bataille, George. El erotismo.
[2] Bataille, George. El erotismo. (p. 11).

Bibliografía.
  • Bataille, George. El erotismo.



Publicado originalmente el 26/04/2017 en iDigital Films.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Bailando en la oscuridad (2000) de Lars von Trier

El devenir en la música

Bailando en la oscuridad (Dancer in the dark, Dinamarca, 2000) es una película del director danés Lars von Trier –fundador, transgresor, deshacedor del Dogma 95 y persona non grata en Cannes 2011–, que pertenece a su Trilogía de los corazones de oro (Golden Heart Trilogy), junto con Rompiendo las olas (Breaking the Waves, 1996) y Los idiotas (Idioterne, 1998).


Selma (Björk), una mujer joven, checa, inmigrante y pobre, a punto de quedarse ciega, tiene un único objetivo: pagar la operación de su hijo, Gene (Vladica Kostic), heredero de su extraña enfermedad degenerativa, a fin de evitar que también pierda la vista. Para lograrlo, ha ahorrado sus pagos como trabajadora de una fábrica -diciendo que eran para su padre en Checoslovaquia llamado Oldrich Novy- escondiéndolos en la alacena de un camper rentado a Bill (David Morse), oficial de policía que oculta su situación de bancarrota a su esposa Linda (Cara Seymour), por temor a perderla. Recibirá en todo momento el apoyo de Kathy/Cvalda (Katherine Deneuve), su compañera de trabajo y mejor amiga, y de Jeff (Peter Stormare), quien está enamorado de Selma.

Una noche, Bill, aprovechándose de la condición de Selma, se entera del escondite donde tiene el dinero. Se desencadenarán una serie de desgracias que llevarán a la protagonista a sus últimas consecuencias.


La cantautora islandesa Björk se transparenta con Selma, su personaje, y se pierde en ella y en sus alucinaciones musicales: sueños que sólo pueden darse al estar despierta, en contacto con la vida y con la vista oscurecida, pues surgen al escuchar cualquier ruido o sonido del ambiente y luego de componerlos mentalmente en una improvisada y bella pieza musical. Selma siente la música y la danza: es el ritmo de la vida. Selma deviene en la música, se transforma en otra cosa que la hace, incluso, transportarse a otro plano donde el sufrimiento no existe.

Este devenir en la música es parte del ser ciego, de suplir tan indispensable sentido con los otros cuatro. Es una ceguera visual pero una nueva forma de sentir la vida, manifestada en la música y la danza. No es sentir artificialmente el ritmo deliberado de canciones tradicionales como So Long Farewell de The Sound of Music (La novicia rebelde, 1965) de Robert Wise –a la cual se hace referencia en el filme–, sino sentir el ritmo del mundo y volverlo música.


Todo momento crucial en la historia de Selma deviene musical dancístico de la tragedia, pero también es aceptación de ello y reconciliación con ella misma. Incluso, cuando recorre en compañía de su guardia Brenda (Siobhan Fallon) los 107 pasos que la llevarán a una posible oscuridad definitiva, lo hace bailando y cantando. “Es la última canción si dejamos que así sea”, nos dice la película.

A pesar de su ceguera, Selma es la que más ve de todos. De alguna u otra manera los personajes que la rodean no perciben el mundo con claridad. Bill está cegado por el miedo a perder a su esposa, Linda por la codicia, Jeff por el amor, Gene por la vergüenza y Kathy por la protección que le da a Selma.

Las secuencias musicales se diferencian del resto del metraje. Cada una de ellas se compone de tomas filmadas con 100 cámaras distintas y de celuloides expuestos a variados niveles, manifestando un mayor o menor reventado de granos. El director filma cada detalle de la vida de Selma (Björk), montándolos magistralmente.


Y en el preludio, nos muestra toda la vida. Lo acompaña la bella música Overtura compuesta por la misma Björk. Se muestra la oscuridad, luego un lienzo en blanco donde surgen algunas manchas oscuras que devienen grandes pinceladas coloridas (la plenitud) y después hace el proceso inverso (el ocaso), las manchas retornan al lienzo en blanco y a la oscuridad: es una vuelta al origen.

La película celebra la vida y la lucha frente a la desgracia y la tragedia. Sin importar la oscuridad, es uno mismo quien debe proveerse de su luz: es una danza en la oscuridad.



Publicado originalmente el 02/04/2017 en iDigital Films.

martes, 24 de noviembre de 2020

Mi regreso al blog

Cuatro largos años han tenido que pasar para que me decidiera a regresar a este blog. Este blog que antes se llamaba "Cinema Tempo" y que he decidido renombrarlo como "cinelsentido". Este blog que comenzó con la idea de simplemente escribir sobre cine, sobre las películas que viera y sobre cualquier otro asunto que tenga que ver con la cinematografía.

Y esa máxima, de sólo escribir sobre cine porque me nace y ya, sigue y seguirá presente. Además, este blog será una especie de diario personal en donde imprimiré mis pensamientos, dudas e inquietudes sobre las películas que vea.

En este regreso comenzaré por publicar textos que están medio perdidos por la Internet, que me han publicado en otros lados, con el fin de recopilarlos en un sólo sitio. Y, por supuesto, publicaré escritos nuevos.

Este blog seguirá aquí (hasta que el Internet desaparezca) y, tal vez, sea encontrado por algún cinéfilo o cinéfila curioso o curiosa, por algún conocido o por algún extraño. Y puede ser que algún texto, alguna oración o alguna idea escrita aquí les provoque, les transgreda, les haga pensar o, en el mejor de los casos, les invite a ver y a dialogar sobre las películas y sobre el cine.

Por cierto, discúlpenme si al leerme sueno un tanto mamador, quiero decir, un tanto presuntuoso; pero es que, a veces, cuando escribes sobre cine es casi inevitable.

En fin, bienvenidos sean nuevamente a este blog.

Les dejo una fotografía que tomé, nada más para que no se vea muy simple esta entrada.