Imagen1

Imagen1

jueves, 31 de diciembre de 2020

Lo mejor del 2020

Este año, el mundo vivió un hecho inédito en su historia reciente: una pandemia a causa del nuevo coronavirus, que produce la enfermedad COVID-19 y que lamentablemente ha dejado miles de muertes. Desde acá, envío pronta resignación y un abrazo sincero a todos aquellos que hayan perdido un ser querido.

Y aunque haya sido un año difícil, extraño, cansado y lleno de mucha incertidumbre, el cine nos llegó a varios afortunados. Y llegó con mucha fuerza y con toda la intención de alcanzarnos hasta nuestras casas, que significaron más que nunca un refugio y una protección del exterior.

Bastantes propuestas muy interesantes se hicieron presentes. Tuve la oportunidad de ver algunas de ellas de forma presencial, antes de que la pandemia estallara, en las salas de cine de la Cineteca Nacional y del FICUNAM 10, al que yo ha apodado "el festival del fin del mundo"; y la mayoría de ellas las vi por Internet, gracias a plataformas digitales como Mubi y FilminLatino, además de algunos festivales que ofrecieron su contenido de forma online.

Aclaro que la siguiente lista incluye películas de 2019 que tuvieron estreno este año en México. Y hay una que se estrenó en 2018 pero apenas la pude ver y para mí es, literalmente, una gran película.

Sin más, considerando que la he hecho según mi criterio y gusto personal, les comparto mi lista de lo mejor del 2020.

1. Portrait de la jeune fille en feu (2019) 
de Céline Sciamma.

2. La flor (2018) 
de Mariano Llinás

3. The Lighthouse (2019)
de Robert Eggers

4. A Metamorfose dos Pássaros (2020)
de Catarina Vasconcelos

5. El tango del viudo y su espejo deformante (2020) 
de Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento

6. Uncut Gems (2019)
de Josh Safdie y Benny Safdie

7. La Paloma y el Lobo (2019)
de Carlos Lenin

8. Ya no estoy aquí (2019)
de Fernando Frías

9. Family Romance, LLC (2019)
de Werner Herzog

10. The Woman Who Ran (2020)
de Hong Sang-soo


Este año nos deja mucho qué pensar sobre el cine y su futuro, sobre su exhibición en salas convencionales y su alcance mediante Internet y el streaming. Por último, también tenemos que pensar su importancia como arte creador de nuevos universos y nuevas formas de entender, habitar y vivir el mundo.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Gabriel Figueroa, una mirada de contrastes en el cine mexicano

Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida.

Gabriel Figueroa, al recibir el Premio Nacional de las Artes en 1971.


No puede pensarse el cine mexicano realizado entre finales de la década de los treinta y finales de los años cincuenta, la llamada Época de oro, sin la apasionada entrega de cineastas visionarios, guionistas nacionalistas, actores y actrices con gran presencia y sin uno de los dos cinefotógrafos más sobresalientes de esos años: Alex Phillips y Gabriel Figueroa.

Gabriel Figueroa.

Figueroa, nacido en 1907 en la Ciudad de México y dejado a cargo de sus tías luego de la muerte de su madre, se interesó muy joven por la fotografía. A sus veinte años ya trabajaba en un estudio profesional y a sus veinticinco comenzaba a participar en producciones cinematográficas, primero como fotógrafo para difusión del rodaje, luego como operador de cámara y finalmente como cinefotógrafo suplente.

Gabriel tuvo la suerte de tener a grandes maestros durante su etapa temprana. El primero fue Alex Phillips, canadiense que consagró su trabajo en México y con quien tendría una relación de amistad. Otro fue Eduard Tissé, cinefotógrafo de cabecera de Sergei Eisenstein, con quien trabajó en conjunto en la inconclusa película ¡Qué viva México! (Estados Unidos y México, 1932). Luego de ser becado en 1935 para estudiar en Hollywood, tendría como maestro a Gregg Toland, célebre por la invención de la profundidad de campo en Ciudadano Kane (Estados Unidos, 1940), dirigida por Orson Welles.

El equipo de producción de Allá en el Rancho Grande (1936)
durante la filmación de la película.

Con la fusión de elementos del cine formalista ruso y del cine americano-europeo, además de su propia visión, estaba ya preparado para dirigir en solitario. Fue en 1936, a sus 29 años, cuando fue encomendado por Fernando de Fuentes como director de fotografía absoluto en una de las producciones más importantes y que marcarían el rumbo de la Época de oro: Allá en el Rancho Grande.

Figueroa estuvo involucrado en más de 200 películas, siendo director de fotografía en grandes clásicos del cine mexicano. Colaboró varias veces con cineastas fundamentales de la época de oro, como Emilio Fernández, Fernando de Fuentes, Miguel M. Delgado, Roberto Gavaldón, Julio Bracho, Alberto Gout y Luis Buñuel. También trabajó para directores extranjeros de alta calidad cinematográfica, como John Huston y John Ford.

Enamorada (1946) de Emilio Fernández.

María Candelaria (1943) de Emilio Fernández.
Figueroa recibió el Premio Internacional de Fotografía
del Festival de Cannes por esta película.

El cinefotógrafo inmortalizó en la sensibilidad de su ojo a las dos grandes actrices del cine de oro: María Félix y Dolores del Río. Captando sus mejores momentos, siendo memorables los primeros planos a sus rostros, el de dureza y determinación de María y el de ternura y misterio de Dolores. También inmortalizó los rostros masculinos de Pedro Armendáriz y Arturo de Córdova. En la captura de rostros se refleja la influencia de Rembrandt sobre Figueroa: usando claroscuros.

Los olvidados (1950) de Luis Buñuel.

La perla (1947) de Emilio Fernández.

Río Escondido (1948) de Emilio Fernández.

El fugitivo (The fugitive, 1947) de John Ford.

Predominan los contrastes de todo tipo en su fotografía: de luces tenues y duras, de blancos y negros, de cielos y tierra, pastizales y nubes, de miradas. Componiendo dentro de su cuadro elementos tan propios de los paisajes y cultura de México. Estableciendo así los valores e imaginario del cine mexicano nacionalista de esos años.

No podría pensarse el cine mexicano sin Gabriel Figueroa, pues directores hubo en demasía, grandes producciones también. Pero cinefotógrafos de su talla, sólo él.


Texto publicado originalmente el 27 de abril de 2020 en el blog de FilminLatino.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

La cultura indígena en el cine mexicano

En el cine, a lo largo de su historia, se ha representado al indígena de diversas maneras que van desde el conquistado esclavizado, el ignorante humillado, la víctima del abuso, el supersticioso irracional, hasta el noble que se vuelve héroe o el indígena que se enamora.

Actualmente existen 15 millones de personas indígenas en 68 pueblos distintos a lo largo del territorio mexicano. Si bien esta población tiende a decrecer, ha sido hasta estos últimos años que se dejó a un lado la representación, estereotipada y superficial, establecida en la Época de Oro y se optó por documentar de manera más realista a estos pueblos.

En el cine mexicano las primeras apariciones de indígenas ocurrieron desde que se comenzó a producir cine en el país; ¡Qué viva México! (México, URSS y Estados Unidos, 1932), dirigida por Sergei Eisenstein, fue el primer acercamiento a esta figura y a partir de esa década se siguió un patrón hasta después del fin de la Época de oro.

¡Qué viva México! (1932).

El Indio (México, 1939) de Armando Vargas de la Maza se considera una de las primeras representaciones de la figura indígena mexicana. Cuenta la historia de Felipe (Pedro Armendáriz), un indígena que es usado por un hacendado para encontrar tesoros arqueológicos hasta que finalmente él y los trabajadores se rebelan. El actor volvería a encarnar a un personaje indígena en La perla (México, 1945), dirigida por Emilio "El Indio" Fernández.

En la Época de Oro, figuras importantes como María Félix y Pedro Infante encarnaron papeles de personas indígenas en películas como Maclovia (México, 1949) y Tizoc: amor indio (México, 1956) respectivamente. Ignacio López Tarso repitió esta figura en cintas como Nazarín (México, 1958) de Luis Buñuel y Macario (México, 1959) de Roberto Gavaldón.

Tizoc: amor indio (1956), dirigida por Ismael Rodríguez.
Pedro Infante interpreta a Tizoc.

Posterior a esta etapa surgieron cineastas que se preocuparon por representar a los pueblos indígenas con mayor cercanía a su realidad, esto ocurrió en películas como Llovizna (México, 1977) de Sergio Olhovich, Etnocidio: notas sobre el mezquital (México, 1977) de Paul Leduc o en varios de los cortometrajes animados realizados por Dominique Jonard en conjunto con niños de varias comunidades indígenas. Aunque también surgieron personajes burlescos como fue el caso de María Elena Velasco, conocida como “La india María”.

En los últimos años, las nuevas generaciones de realizadores se han preocupado por mostrar a los pueblos indígenas tal y como viven, mientras evitan caer en prejuicios o en los estereotipos antes mencionados, apoyándose principalmente en el género documental. Algunos de dichos filmes son Los herederos (México, 2008) de Eugenio Polgovsky, Los hilos de la vida de las mujeres jaguar (México, 2014) de las Mujeres Mayas KAQLA o Tecuani, hombre jaguar (2017) de Isis Alejandra Ahumada Monroy y Nelson Omar Aldape.

Los herederos (2008), documental dirigido por Eugenio Polgovsky.

En la mayoría de los casos los pueblos indígenas son representados por cineastas ajenos a ellos, quienes aunque tengan la sensibilidad y el respeto para acercarse a sus costumbres y tradiciones, no lograrán, o es poco probable, capturar una representación de su cosmovisión tal y como la entienden ellos. Es por esto que se vuelve urgente un verdadero cine mexicano indígena.


Publicado originalmente el 09 de agosto de 2019 en el blog de FilminLatino.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Juliette Binoche, de la introspección al personaje

Nunca pienso demasiado en el pasado (...) porque creo que lo viví plenamente. Me encanta el presente, para mí es la clave de la felicidad. Y creo que la actuación se trata mucho del presente porque tienes que estar ahí mientras está pasando”, respondió Juliette Binoche en una entrevista al ser interrogada sobre su carrera y la ostentosa lista de directores y directoras con quienes ha trabajado.

Y es que 'La Binoche', apodada así por los medios de comunicación, ha tenido la oportunidad de trabajar con cineastas tan importantes como Jean-Luc Godard, Leos Carax, Louis Malle, Krzysztof Kieslowski, Chantal Akerman, Michael Haneke, Nobuhiro Suwa, Abbas Kiarostami, David Cronenberg y Claire Denis. Su capacidad actoral es tal que se ha ganado el respeto y la confianza del gremio cinematográfico. 

Una bella luz interior (2017).

Ella ha dicho que no elige cualquier papel que le ofrezcan sino aquellos que realmente la conmueven y eso lo sabe por pura intuición. Incluso se ha dado el lujo de rechazar interpretaciones para directores muy reconocidos, por ejemplo, se rehusó en tres ocasiones a trabajar con Steven Spielberg, incluido un rol en el filme Parque Jurásico (Estados Unidos, 1993) para en su lugar construir una de sus más importantes actuaciones en Tres colores: Azul (Francia, 1993). 

Juliette comenzó su carrera en el cine con la película Liberty Belle (Francia, 1982) de Pascal Kané en un papel menor, tres años más tarde aparecería en Je vous salue, Marie (Francia, Suiza y Reino Unido, 1985) de Jean-Luc Godard. Ese mismo año haría su primer protagónico en Rendez-vous (Francia, 1986) de André Téchiné, película con gran recibimiento por parte de la crítica y con la que comenzó a abrirse paso en el cine francés. 

En 1986 la actriz francesa participó en Mala sangre (Francia y Suiza, 1986) de Leos Carax, quien se convirtió en su pareja amorosa. Con este director también realizaría Los amantes del Puente Nuevo (Les amants du Pont Neuf, Francia, 1991), una de las cintas más memorables de la actriz. 

Mala sangre (1986).

Pronto sería llamada por Hollywood para participar en cintas como La insoportable levedad del ser (Estados Unidos, 1988) de Philip Kaufman, donde comparte créditos con Daniel Day Lewis y El paciente inglés (Estados Unidos y Reino Unido, 1996) de Anthony Minghella, filme que le valdría el Óscar como mejor actriz de reparto.

Binoche ha dicho en varias entrevistas que lo que le interesa a ella como actriz es encarnar papeles que realmente la conmuevan y le hagan hacer un ejercicio de introspección donde pueda evocar memorias y sentimientos para exteriorizarlos mediante el personaje; además de usar la imaginación y su cuerpo para transmitir emociones hacia el espectador. Se puede decir que este es su método de actuación. 

La también actriz de teatro suele reflejar en sus interpretaciones mucho carácter y fuerza, lo que la lleva a tener gran presencia en pantalla. En Tres colores: Azul (Francia, Polonia y Suiza, 1993) de Krzysztof Kieslowski realiza el papel de una mujer que lo perdió todo y que busca seguir con su vida, su interpretación le valió el reconocimiento internacional como una de las actrices más destacadas del cine reciente. 

Tres colores: Azul (1993).

Algunos años después trabajaría con Michael Haneke, uno de los cineastas más importantes de los últimos años, en Código desconocido (Francia y Alemania, 2000) y en Caché (Francia, 2005), filmes importantes que tuvieron presencia en festivales de cine europeos. Sería hasta el 2010 cuando 'La Binoche' conseguiría el premio a mejor actriz en el Festival de Cannes por la película Copia fiel (Bélgica, Francia, Italia, 2010) de Abbas Kiarostami. 

En los últimos años ha encarnado papeles en películas muy diversas que van desde Cosmópolis (Francia y Canadá, 2012) de David Cronenberg o el éxito taquillero Godzilla (Estados Unidos, 2014) de Gareth Edwards hasta sus colaboraciones con la directora Claire Denis en Una bella luz interior (Francia, 2017) y High life (2018), próxima a estrenarse en salas.

Copia fiel (2010).

Juliette Binoche se ha convertido en una de las actrices más importantes de los últimos años por su calidad actoral en pantalla; ya no es ella quien busca a los mejores cineastas sino ellos son los que la llaman para maravillar con su interpretación. 


Publicado originalmente el 29 de julio de 2019 en el blog de FilminLatino.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Pedro Almodóvar y la concepción de su cine

¿De dónde vendrá tanto ruido? ¿Acaso serán las vecinas que han venido de nuevo a hablar con mi madre? Es temprano todavía pero me emociona que por la tarde iremos a Madrid por unos vinos que tanto desea mi padre y después al cine. Pero, ¿qué tanto han dicho esas mujeres? Que Pablo dejó a Paula por irse a la ciudad, que el padre Francisco se ha enamorado del sacristán, que las mujeres en este pueblo viven más que los hombres. En fin, pasarán algunos días hasta que deba volver aquí.

Pedro Almodóvar en cada filme vuelve a tocar los mismos temas que alguna vez marcaron su infancia y juventud: la cotidianidad, la familia, las mujeres, la maternidad, la doctrina y las creencias religiosas, la libertad sexual, las costumbres pueblerinas y la vida urbana. Todos ellos explorados desde la libertad política y de pensamiento que detonó en la sociedad española el fin de la dictadura de Franco; porque el cine de Almodóvar es posfranquista y surge con la energía, frescura y libertad expresiva a la que Madrid y otras provincias españolas recurrieron luego de la muerte del dictador.

Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).

Almodóvar creció rodeado de mujeres y son estos personajes los que abundan magistralmente en toda su filmografía. Y es que en cada película que dirige las mujeres tienen un papel protagonista o al menos muy importante; indudablemente construye toda una mitología de la mujer. Vuelve a su pasado. Las mujeres de su cine no son más que un reflejo bien estudiado y recreado de sus recuerdos, de las mujeres con quienes creció: su madre, sus tías, sus vecinas, sus amigas. Y siempre recurre a sus actrices predilectas para que encarnen a las llamadas “chicas Almodóvar”: Carmen Maura, Victoria Abril, Marisa Paredes, Penélope Cruz, Bibi Andersen, Rossy de Palma, Chus Lampreave, Antonia San Juan y Cecilia Roth. El cineasta ha dicho que le sorprendía la falta de estos personajes en el cine, no le agradaba cómo eran mostradas pues para él la mujer es enigmática, con secretos y poseen elementos dramáticos mucho más profundos.

El cine del manchego, porque creció en el pueblo de La Mancha, también ha sido uno que muestra y visibiliza la realidad de la comunidad LGBT+, apareciendo en la mayor parte de sus películas al menos un personaje homosexual o transexual, siendo fáciles de recordar por su calidad y profundidad. Por ejemplo, el amor platónico entre dos beatas en Entre tinieblas (España, 1982), el papel de Carmen Maura en La ley del deseo (España, 1987) o el de Miguel Bosé en Tacones lejanos (España, 1991).

Todo sobre mi madre (1999).

Puede dividirse el cine del español en tres grandes etapas. La primera marcada por el fin del franquismo y la movida madrileña, con películas llenas de júbilo y deseo de libertad: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (España, 1980), Entre tinieblas (España, 1983), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (España, 1984) y La ley del deseo (España, 1987); esta etapa es también de sus más experimentales pues si bien ya trata los temas de la mujer y la liberación sexual, no tiene aún definida una estética cinematográfica.

Mujeres al borde de un ataque de nervios (España, 1988) y Tacones lejanos (España, 1991), son algunas de sus películas que marcan su segunda etapa, donde ya vemos definido su favoritismo por el melodrama -del cual se volvió un maestro- y su estilo formal: el uso de una paleta de colores llamativa (rojos, azules, amarillos, naranjas, dorado, negro y blanco), vestuarios y peinados exagerados, maquillaje en labios, ojos y pómulos, primeros planos, música popular española y mexicana, de Bernardo Bonezzi y Alberto Iglesias -y a pesar de pasar por Ennio Morricone y Ryuichi Sakamoto- regresa a Iglesias como su favorito, además de arcos dramáticos que irrumpen contra la trama principal, narración más episódica que de tres actos y memorables actuaciones.

Iniciando la década de los años noventa el cine de Almodóvar se ha vuelto en uno de autor, con elementos que lo caracterizan y diferencian de cualquier otro tipo de cine. La flor de mi secreto (España, 1995), Carne Trémula (España, 1997), Todo sobre mi madre (España, 1999) -película con la cual consagra el reconocimiento internacional-, Hable con ella (España, 2002) y La mala educación (España, 2004) se han vuelto ya clásicos de la cinematografía española y mundial. Hay quienes dicen que no ha habido un director español con gran calidad fílmica y artística desde Luis Buñuel.

Volver (2006).

Volver (España, 2006) representa el inicio de una etapa en su cine donde Almodóvar comienza un ejercicio de pensar su propio cine, una introspección a sus filmes y a su pasado. A pesar de experimentar con otros actores y actrices, con otros músicos, con otros temas, vuelve a sus inicios, a su equipo de técnicos y reparto que lo consolidaron, vuelve a Agustín Almodóvar (su hermano y co-fundador de la productora El Deseo), a José Salcedo (montajista de todos sus filmes), a José Luis Alcaine (fotógrafo), a las actrices ya mencionadas y a los actores Antonio Banderas, Eusebio Poncela y Javier Cámara. Son sus últimos filmes los que completan esta etapa: Los abrazos rotos (España, 2009), La piel que habito (España, 2011), Los amantes pasajeros (España, 2013), Julieta (España, 2016) y la recién estrenada Dolor y gloria (España, 2019), la cual es un regreso a sus orígenes, una vuelta a su pasado.

Entonces, ¿de dónde vendrá tanto ruido? ¡Madre mía! Parece que alguien muy importante acaba de llegar a La Mancha. ¿Quién ha de ser? Hace poco me dijeron que el hijo de Paquita, que en paz descanse, volvería al pueblo. En fin, pasarán algunos días hasta que él vuelva aquí. Pedro Almodóvar en su cine vuelve a sus orígenes todo el tiempo, a su pasado que no la ha soltado pues quizá es necesario que un español sea persistente en retratar a una sociedad que se resiste, que busca todavía la libertad.

Dolor y gloria (2019). Película autobiográfica de Almodóvar.


Texto publicado originalmente el 05 de julio de 2019 en el blog de FilminLatino.

viernes, 4 de diciembre de 2020

El orgullo LGBTI+, un recorrido a través del cine

Es de madrugada, se escuchan fuertes golpes en la entrada principal del bar y poco después en el acceso trasero. Apenas se distinguen frases desarticuladas provenientes del exterior, se bajó el volumen a la música y al bullicio; todos aguardan extrañados. Un estruendo quiebra ese silencio, la policía entra para comenzar con una violenta redada. Las personas dentro, en su mayoría parte de la comunidad LGBT, decidieron rebelarse.

El Día Internacional del Orgullo LGBT conmemora los disturbios de Stonewall ocurridos en la madrugada del 28 de junio de 1969 en el pub neoyorquino Stonewall Inn., ubicado en el barrio de Greenwich Village, el cual se había convertido en un refugio para la entonces oprimida y discriminada comunidad LGBT.

En medio de un agitado ambiente político-social, surgieron una serie de revueltas cuestionando el orden establecido y a la autoridad, tales como el movimiento afroamericano por los derechos civiles, la segunda ola del feminismo, las manifestaciones contra la guerra de Vietnam y los movimientos contraculturales como el punk y el hippie.

Muchachas de uniforme (1931).

El cine no podía ser ajeno al acontecer social y desde los inicios del séptimo arte se abordaron temáticas LGBT, aunque muchas de serían censuradas. Charles Chaplin y otros cineastas del periodo silente lo abordaron, aunque de manera estereotipada. El cine alemán fue el primero que intentó normalizar la homosexualidad, en películas como Diferente a los demás (1919) de Richard Oswald, Sexo encadenado (Alemania, 1928) de William Dieterle, la cual retrata el amor entre dos presos, y Muchachas de uniforme (Alemania, 1931) de la cineasta Leontine Sagan, considerada la primera película con temática lésbica de la historia.

El beso fraternal entre dos pilotos aviadores en Alas (Estados Unidos, 1927) de William A. Wellman, el amor secreto que Plato (Sal Mineo) sentía por su amigo Jim Stark (James Dean) en Rebelde sin causa (Alemania, 1955) de Nicholas Ray, sin dejar de mencionar la sugerente relación homosexual entre Ben-Hur (Charlton Heston) y Mesala (Stephen Boyd); todas esas situaciones se abordaban de forma ingeniosa e implícita debido al código Hays, censura aplicada en Hollywood entre 1930 y 1967 que prohibía se mostraran personajes abiertamente homosexuales.

Pink Flamingos (1972).

Si bien hubo producciones que se convirtieron en un hito como Pink Flamingos (Estados Unidos, 1972) de John Waters, protagonizada por la drag queen Divine, donde se abordan dichas temáticas, no fue hasta finales de la década de los años ochenta cuando se comenzaron a introducir personajes homosexuales y lésbicos con mayor respeto y dignidad, fuera de los estereotipos. En la década de los años noventa surgió el movimiento new queer cinema, donde participaron cineastas como Gus Van Sant o Todd Haynes. La idea era mostrar no una visión positiva o reivindicadora de la comunidad LGBT, sino un acercamiento más crudo a su realidad.

En el cine mexicano algunos directores que formaron parte del periodo setentero, marcado por la educación de sus cineastas en escuelas de cine extranjeras y en las primeras del país, comenzaron a retratar la homosexualidad e incluso el travestismo como su premisa principal. Este fue el caso de Los marcados (México, 1971) de Alberto Mariscal, western cuyos protagonistas "cowboys" bandidos mantienen una relación de pareja y El lugar sin límites (México, 1978) de Arturo Ripstein, cuya protagonista La Manuela sufre la discriminación de una sociedad machista. Aunque antes, en plena época de oro, se estrenó una rareza para su época: Muchachas de uniforme (México, 1951) de Alfredo B. Crevenna, una adaptación de la película homónima alemana estrenada en 1931.

El lugar sin límites (1978).

El nuevo siglo trajo consigo una nueva oleada de cineastas que comenzaron a reflejar la realidad de dicha comunidad tal como la perciben: sin estereotipos ni exageraciones y sin censura. Se habla ya de un cine que va más allá del movimiento de liberación, que se preocupa por mostrar su realidad social, por crear películas que aborden estas temáticas con toda la libertad creativa, por expresarse sin miedo a la censura y además sensibilizar a los espectadores.

Algunos cineastas destacados son Pedro Almodóvar, quien se ha preocupado por visibilizar a la comunidad LGBT a través de diversos personajes que integran su filmografía. El joven Xavier Dolan también ha tenido un papel relevante en la dignificación de este tipo de personajes en películas como Lawrence Anyways (Canadá, Francia, 2012). El director mexicano Roberto Fiesco ha incursionado en este cine con gran sensibilidad con películas como en Quebranto (México, 2013) o Club Amazonas (México, 2016).

Actualmente, se cuentan cientos de historias en el cine LGBT que merecen ser vistas y escuchadas. Relatos que eran censurados en el cine y que hasta ahora están teniendo el lugar que se merecen dentro del séptimo arte.

Lawrence Anyways (2012).


Publicado originalmente el 28 de junio de 2019 en el blog de FilminLatino.

jueves, 3 de diciembre de 2020

La diversificación de la figura materna en el cine

En el momento en que la narrativa fue posible en la cinematografía, cuando se empezaron a contar las primeras historias basadas en la dramaturgia griega, aparecieron las primeras figuras maternas en las películas, todas ellas muy diversas debido a que responden como un reflejo de la experiencia que tuvieron los cineastas con sus propias madres.

Vsévolod Pudovkin es probablemente el primer cineasta que hace un ensayo de la figura materna, aunque el estadounidense D.W. Griffith ya había realizado un filme donde el eje rector entre cuatro historias es una madre que mece a su hijo en la cuna: Intolerancia (Estados Unidos, 1916). No obstante el cineasta soviético hace con Madre (URSS, 1926) un testimonio, por supuesto con más peso a la parte política, del amor y la protección que tiene una madre por su hijo; demostrándolo al intentar liberarlo del régimen zarista y convenciéndolo de que luche del lado de la revolución.

Madre (1926).

La madre que clama por la salvación de su hijo ante su caída de una carriola por las escaleras de Odesa en El acorazado Potemkin (URSS, 1925) de Sergei Eisenstein; la madre temperamental que lo intenta todo para mantener unida a su familia aún bajo el contexto de la Italia ocupada por los nazis en Roma, ciudad abierta (Italia, 1945) de Roberto Rossellini; la madre rememorada por un hombre que intenta reencontrarse consigo mismo en El espejo (Rusia, 1975) de Andrei Tarkovsky o la madre que lo perdió todo y aún así intenta buscar una razón para vivir en Tres colores: azul (Francia, 1993) de Krzysztof Kieślowski. Estas y todas las que faltan reflejan características de lo que se entiende por maternidad alrededor del mundo.

La madre en el cine mexicano toma forma durante la Época de Oro como la de una figura dedicada a la casa. A veces sumisa, protectora y consejera de sus hijos y de su esposo, con la fuerza suficiente para enfrentar los problemas y, si es necesario, arriesgarlo todo con tal de que su familia esté completa. Esta concepción ha ido cambiando a lo largo de los años, actualmente la madre sigue ligada a la protección y el cuidado pero se va alejando de la jerarquía patriarcal, siendo en algunos filmes primero una mujer que se revela ante la opresión y se libera.

Stella Inda interpreta a la madre de Pedro
en Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel.

Y es que resulta difícil hacer un recuento de la madres que se han vuelto inolvidables en la historia del cine. Es una figura tan diversa que puede tomar miles de formas dependiendo de la mirada de su realizador. Cineastas como Francois Truffaut, Pedro Almodóvar, Michelangelo Antonioni, Arturo Ripstein o Michael Haneke desde su cultura y desde su posición masculina han inmortalizado personajes maternos memorables pero es imposible que no se diferencien de la propia mirada femenina y materna. 

Es necesaria que la mirada femenina plasme la figura de la maternidad. Por esto es que en películas como Gertrudis Blues (México, 2002) de Patricia Carrillo, No quiero dormir sola (México, 2012) de Natalia Beristáin, El secreto de Romelia (México, 1988) de Busi Cortés o Los insólitos peces gato (México, 2013) de Claudia Sainte-Luce, todas ellas dirigidas por mujeres, se nota la mirada femenina: conocedora, arriesgada, intuitiva e inteligente.

No quiero dormir sola (2012).


Publicado originalmente el 10 de mayo de 2019 en el blog de FilminLatino.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

El escenario distópico en el cine mexicano. Parte 2: Cómprame un revólver

Cómprame un revólver (México, 2018) de Julio Hernández Cordón cuenta la historia de un padre drogadicto que debe cuidar a su hija en un contexto sin fecha exacta, dentro de una sociedad regida por el narcotráfico y que ha desaparecido a la mayoría de las mujeres. Una película que pone sobre la mesa varios temas actuales que nos afectan: machismo, feminicidios, crimen organizado y drogadicción.

Esta es la fórmula —no por comodidad de producción, sino por urgencia— de varias películas de ciencia ficción: mezclar más de una problemática social, representarla en el futuro, pero aterrizándola al presente con el objetivo de mostrar un poco de lo que sucede en nuestra realidad y que podría ser incluso aún peor; pero siempre se da la esperanza de que todavía es posible evitarlo.


Julio Hernández Cordón entiende la distopía como una forma de “lanzar pedradas” a los espectadores: “creo que eso suaviza las cosas para el público, saber que están presenciado algo que puede sonar muy terrible pero que simula no estar en el presente”. El director comprende que los escenarios distópicos son una forma muy sutil pero efectiva de hacer conciencia.

Hernández Cordón desprende otros tópicos que son relevantes como la supresión de la libertad, el desgaste emocional, la niñez y la madurez. La niña protagonista, apodada “Huck”, -interpretada por la propia hija del director- narra la película con su voz en off, siendo muy consciente de su realidad y de los problemas que vive; llegando a ser un refugio para su propio padre Rogelio, pues son lo único que tienen: a ellos mismos.


Una constante en el cine de Hernández Cordón es que niños y adolescentes se ven envueltos en contextos sociales duros y deben enfrentarse a situaciones difíciles. En Gasolina (México, 2008) tres amigos roban gasolina con el único propósito de deambular sin rumbo en un auto donde en cada parada se ven inmersos ante problemas que ponen a prueba su amistad. Te prometo anarquía (México, 2015) explora la relación entre Miguel y Johnny, quienes también se dedican a la venta de sangre clandestina. En Cómprame un revólver (México, 2018) la distopía es la que pone a prueba a los protagonistas.

A pesar de que su mundo resulta caótico y hostil, los personajes del cine de Hernández Cordón no olvidan que los lazos de amistad o familiares son realmente lo más importante que tenemos, pues brindan amor y protección, y siempre se buscará la forma de hacer frente a los problemas con tal de que todos se sientan bien. Así en el último filme del director, Rogelio no dudará en hacer cualquier cosa para mantener a su hija segura; ella, por su parte, intentará cuidar a su padre a pesar de las pocas posibilidades.

Lo único que queda de esperanza en los escenarios distópicos son la elección y el cambio. Así como existe la posibilidad de llegar a realidades indeseables y terribles o a escenarios más anhelados -por pura consecuencia de la humanidad y su desarrollo-, existe la posibilidad del cambio: esperar a que nuestras nuevas decisiones enderecen el rumbo y devenga en tiempos mejores.



Publicado originalmente el 09 de mayo del 2019 en el blog de FilminLatino.

El escenario distópico en el cine mexicano. Parte 1

La distopía, contraria por definición a la utopía -es decir, lo añorado pero lejano-, representa una realidad cercana, indeseable y tal vez temible: un futuro próximo, probable y caótico.

Tanto la utopía como la distopía se han vuelto muy importantes para nuestros imaginarios y mitologías contemporáneas. A partir de que la tecnología alcanzó un punto culminante en nuestra historia, comenzó a ser preocupación para filósofos, científicos y artistas el porvenir de la humanidad y su relación con lo tecnológico y con el medio ambiente. Dichos escenarios serían llevados posteriormente a las artes, como la literatura y el cine.

Santo, el Enmascarado de Plata vs. la invasión de los marcianos (1966).

Ejemplos reconocidos de distopías son las novelas Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley o 1984 (1948) de George Orwell, las cuales presentan escenarios futuristas donde el mundo se ha vuelto hostil y terrible. En el cine estas novelas han tenido varias adaptaciones cinematográficas y se ligan principalmente con la ciencia ficción.

En el cine mexicano las distopías llegaron mucho después. Antes, en la década de los años 60 y 70, se tuvo que pasar por películas con deficiencias técnicas, ligadas a los géneros drama y comedia que se mezclaban con la ciencia ficción, lo que dio lugar a las películas de "El Santo" (Rodolfo Guzmán Huerta) o de cómicos como Clavillazo (Antonio Espino), Resortes (Adalberto Martínez), Viruta y Capulina (interpretados por  Marco Antonio Campos y Gaspar Henaine, respectivamente) que se desenvolvían en escenarios futuristas y de tecnología avanzada.

El año de la peste (1979).

Fue hasta la primera década del nuevo milenio cuando el género de ciencia ficción tuvo su resurgimiento en el cine nacional; las distopías lo tendrían un poco después. Sin embargo, existen excepciones antes de ello, como El año de la peste (México, 1979) de Felipe Cazals, la cual nos muestra una Ciudad de México invadida por un extraño virus mortal y El corazón de la noche (México, 1983) de Jaime Humberto Hermosillo, la cual cuenta una historia de suspenso en donde existe una sociedad secreta de discapacitados que buscan confrontar a las personas sanas. Ambas representan algunos de los primeros escenarios distópicos del cine mexicano.

A partir de los 2000 y hasta la actualidad han surgido producciones mexicanas del género de ciencia ficción que acontecen en realidades distópicas: El día menos pensado (2004) de Rodrigo Ordóñez, donde la Ciudad de México se ha quedado sin agua; La última muerte (2011) de David Ruiz, donde la sociedad está bajo el control de un banco de información de genética; Los parecidos (2015) de Isaac Ezban, ocurrida en un “momento distópico” en el cual las personas pierden la cordura; y S.A.I.A (2016) de Guillermo y Rodrigo Herrera Niembro, donde el mundo es regido bajo el poder de una súper-computadora ambientalista.

La última muerte (2011).

La constante de la ciencia ficción en el cine mexicano es apostar por contextos distópicos que, aunque están exacerbados y puestos en el futuro, representan un reflejo de las problemáticas sociales actuales: medio ambiente, contaminación, sobrepoblación, ética, genética, enfermedades, crisis económicas, migración, armas, guerras o conflictos. La ciencia ficción se vuelve entonces una forma de concientizar al público de los problemas que no están ocurriendo en un futuro distante, sino que estamos viviendo ahora pero que aún podemos solucionar.


Publicado originalmente el 09 de mayo de 2019 en el blog de FilminLatino.

martes, 1 de diciembre de 2020

Chaplin: El engranaje que conjunta la comedia, el teatro y las sensibilidades humanas

La icónica imagen del vagabundo con sombrero de bombín, un angosto bigotito, chaqué ajustadísimo, pantalón muy holgado, bastón y enormes zapatos negros está tan interiorizada en la cinematografía que es imposible no relacionarla con los orígenes del cine silente y el género de comedia. Charlot, personaje creado e interpretado tan transparentemente por Charlie Chaplin, es tan trascendente que las referencias que aluden a su estilo se han multiplicado a lo largo del tiempo y en diferentes disciplinas artísticas. El realizador británico representa un engranaje fundamental en la máquina que combina el teatro, la comedia, el cine y las expresiones humanas.

Charlie Chaplin durante el rodaje de Luces de la ciudad.

Chaplin, quien a pesar de vivir una infancia difícil soportando la ausencia de su padre y la enfermedad psiquiátrica de su madre, fue capaz de formarse artísticamente en el circuito de teatros de variedades en Inglaterra hasta que en 1913 llega a los estudios Keystone con sede en Los Ángeles, donde un año después participaría en el que se considera el primer largometraje de comedia de la historia del cine: El romance de Charlot (Estados Unidos, 1914), dirigido por Mack Sennett. Se trata de una de las primeras apariciones del vagabundo, quien entra a cuadro del lado izquierdo de la pantalla, luego del intertítulo  que dice “el extraño”, dejando ver su torpe caminar y esa característica silueta recargada sobre el bastón con los pies cruzados. Si bien en este filme su personaje aún no era el definitivo, como si se tratara de una premonición, dejó ver el rumbo que tomaría posteriormente: el de un hombre torpe y accidentado, metido irremediablemente en líos —regularmente amorosos o ligados a la cotidianidad— que busca encontrar una solución, aunque eso implique tomar medidas frenéticas y absurdas, lo que da lugar a una serie de gags o chistes teatralizados muy propios del cine chapliniano y del género de comedia en el cine silente.

El chico (1921)

El cineasta británico no se limitó a la actuación en sus filmes, también escribió y dirigió la gran mayoría de ellos, incluido su primer largometraje: El chico (Estados Unidos, 1921). En dicha película ocurre una secuencia memorable donde el niño, interpretado por Jackie Coogan, a punto de ser arrebatado del vagabundo, refleja en su rostro un auténtico mapa de incertidumbre y miedo al alejarse de un ser querido. La quimera del oro (Estados Unidos, 1925) es la historia de Charlot afectado por la fiebre del oro de Klondike que ocurrió a finales del siglo XIX en Norteamérica; en El Circo (Estados Unidos, 1928) mostró las dificultades del vagabundo al ser contratado por una carpa cirquera, película que se vuelve un testimonio de la potencia de la imagen chapliniana, aquella que capta los rostros de los personajes y refleja las emociones que acontecen en el momento.

Chaplin hace de cada película una combinación de movimientos corporales, teatrales y expresivos que transmiten, desde la cotidianidad de su universo, sensibilidades de las que no se puede ser ajeno, pues son parte de nuestra naturaleza humana; Luces de la ciudad (Estados Unidos, 1931), película en donde Charlot se dispone a ayudar a una florista ciega de la que se ha enamorado para pagarle una operación que le devuelva la vista, también es una clara muestra de las experiencias sensibles que acontecen en su obra, para muestra se pueden apreciar los primeros planos a las miradas y los gestos, los cortes a momentos claves como gags o movimientos teatrales y los instantes poéticos que reflejan la tragedia o la victoria; todo esto es lo que hace distinto a su cine de cualquier otro.

Luces de la ciudad (1931).

Tiempos modernos (Estados Unidos, 1936) retrata la explotación que se ejerce dentro de una fábrica sobre sus trabajadores y vislumbra las implicaciones de la vida moderna sobre la sociedad. Es en este filme donde se mira a Chaplin presionado por los engranajes de la fábrica, tal vez los engranajes de la modernidad que ha llegado –incluyendo en el cine con el establecimiento del sonido sincronizado, cambio al que el cineasta impuso resistencia–, sería una analogía puntual de lo que distingue su estilo: una máquina cinematográfica que mezcla el teatro, la comedia y las expresiones humanas para sensibilizar a los espectadores. Además de que comenzaría a explicitar su parte ya no poética ni estética sino política, siendo El gran dictador (Estados Unidos, 1940) una pertinente parodia y crítica para la época hacia los regímenes totalitarios, en particular al de Adolf Hitler.

El cine de Chaplin puede pensarse como una máquina cinematográfica, como se ha mencionado, no porque sea frío y exacto, sino por crear mundos con su propia lógica al reunir varios engranajes necesarios que lo hacen distinguirse de otros cines; compuesto por el teatro, la comedia, las miradas, los rostros, la cotidianidad, el humor, las decepciones, la victoria, la sátira, los gags y un lenguaje cinematográfico simple pero capaz de abrir y transmitir sensibilidades y experiencias tan reconocibles, aunque fácilmente olvidables, que es imposible no envolverse por la potencia que tiene esa máquina y sus imágenes para devolvernos aunque sea un poco de nuestra humanidad.

Chaplin atrapado entre los engranajes en Tiempos modernos (1936).


Texto publicado originalmente el 11 de marzo de 2019 en el blog de FilminLatino.

domingo, 29 de noviembre de 2020

La mosca (1986) de David Cronenberg

Esta película fue estrenada a mediados de la década de los ochenta, una en la que la cinematografía se preocupaba por explorar temas que van mucho más allá de lo humano y lo terrestre. Por ejemplo, historias sobre monstruos paranormales, criaturas desconocidas, extraterrestres, viajes espaciales y en el tiempo, sociedades utópicas y distópicas, capacidades humanas potenciadas al máximo, tecnología descontrolada, entre muchos otros tópicos que se muestran temerosos por nuestra condición y el rumbo –incierto, quizás– que tomamos hacia el futuro. Sin embargo… ¡ah!, se me ha atravesado una mosca, de tamaño exagerado, frente a mis ojos; molestándome mientras escribo esto. La asusto con mi mano y, afortunadamente, se ha ido.


Así como este insecto se me ha cruzado, como ha pasado contigo o con muchos otros, y me ha interrumpido, también lo ha hecho en La mosca (The Fly, Estados Unidos, 1986), dirigida por David Cronenberg, pero esta vez con el científico Seth Brundle (Jeff Goldblum), quien –desmedido en sus actos– busca probar su reciente invención consigo mismo, introduciéndose en un “telepod” para transportarse a otro, sin notar que una mosca entró junto con él. De este modo, sus genes se mezclan con el del insecto; dando lugar a una metamorfosis kafkiana en la que un hombre se convierte, en cuestión de pocos días, en una repulsiva mosca gigante.

Para el director canadiense la importancia de la transformación –del devenir mosca– no recae en sus consecuencias posteriores sino en los cambios físicos, mentales y emocionales que sufre Brundle en el momento. Como el surgimiento de pelos extraños en su espalda, la perdida de dientes y uñas, la expulsión de ácido de su boca para poder comer como una mosca o el desprendimiento de su piel, estos cambios y otros más se presentan en el filme con gran plasticidad –de la mano de Chris Walas y Stephan Dupuis–, tirándole al gore, apareciendo a manera de crescendo, pues su intensidad va aumentando hasta que se vuelven insoportables al final de la película. Con ello transmite el sentir del hombre en tal estado de metamorfosis y ocasionan en el espectador sensaciones de incomodidad y desagrado.


Todo el tiempo se recurren a movimientos de cámara, como el plano secuencia, para mantener la tensión en la imagen y el suspenso por ver qué aparecerá dentro del cuadro. La música de Howard Shore y el exceso de humo en las secuencias dentro del laboratorio del científico proveen de una atmósfera terrorífica a la película. Así, la espera por saber cómo terminará la metamorfosis se hace larga, hasta que Brundle tiene la idea de detenerla, aunque deba pedirle a Verónica (Geena Davis), la atractiva periodista con la que tiene un romance, que lo ayude. Ella se ha enamorado de él, pero sabe que su relación no podría darse a menos que devinieran mosca juntos, como un solo ser continuo; cosa que le resulta inconcebible e indeseable.

Un error no previsto, ocasionado por un insignificante insecto, desembocó toda una transformación repugnante de hombre a mosca que, junto con otro error tecnológico, se desbordó, ocasionando al final una atrocidad terrible que pedía a gritos su muerte. Cosa que debió de ser así, pues la naturaleza tiene límites. Cronenberg nos demuestra que, muchas veces, intentar ir más allá de nuestras capacidades humanas puede representar un error impensable que deviene metamorfosis repulsiva y que termina de la peor manera posible.

¡Demonios! La mosca que me molestó hace un rato sigue volando por ahí.



Publicado originalmente el 15/07/2017 en iDigital Films.