La distopía,
contraria por definición a la utopía -es decir, lo añorado pero lejano-,
representa una realidad cercana, indeseable y tal vez temible: un futuro
próximo, probable y caótico.
Tanto la utopía
como la distopía se han vuelto muy importantes para nuestros
imaginarios y mitologías contemporáneas. A partir de que la tecnología alcanzó
un punto culminante en nuestra historia, comenzó a ser preocupación para
filósofos, científicos y artistas el porvenir de la humanidad y su relación con
lo tecnológico y con el medio ambiente. Dichos escenarios serían llevados
posteriormente a las artes, como la literatura y el cine.
Ejemplos
reconocidos de distopías son las novelas Un mundo feliz (1932)
de Aldous Huxley o 1984 (1948) de George Orwell, las cuales
presentan escenarios futuristas donde el mundo se ha vuelto hostil y terrible.
En el cine estas novelas han tenido varias adaptaciones cinematográficas y se
ligan principalmente con la ciencia ficción.
En el cine mexicano las distopías llegaron mucho después. Antes, en la década de los años 60 y 70, se tuvo que pasar por películas con deficiencias técnicas, ligadas a los géneros drama y comedia que se mezclaban con la ciencia ficción, lo que dio lugar a las películas de "El Santo" (Rodolfo Guzmán Huerta) o de cómicos como Clavillazo (Antonio Espino), Resortes (Adalberto Martínez), Viruta y Capulina (interpretados por Marco Antonio Campos y Gaspar Henaine, respectivamente) que se desenvolvían en escenarios futuristas y de tecnología avanzada.
Fue hasta la primera década del
nuevo milenio cuando el género de ciencia ficción tuvo su
resurgimiento en el cine nacional; las distopías lo tendrían un poco
después. Sin embargo, existen excepciones antes de ello, como El año de la peste (México, 1979) de Felipe Cazals, la cual nos muestra una Ciudad de México invadida por un extraño virus mortal y El
corazón de la noche (México, 1983) de Jaime Humberto Hermosillo,
la cual cuenta una historia de suspenso en donde existe una sociedad secreta de
discapacitados que buscan confrontar a las personas sanas. Ambas representan algunos de los primeros escenarios distópicos del cine mexicano.
A partir de los 2000 y hasta la actualidad han surgido producciones mexicanas del género de ciencia ficción que acontecen en realidades distópicas: El día menos pensado (2004) de Rodrigo Ordóñez, donde la Ciudad de México se ha quedado sin agua; La última muerte (2011) de David Ruiz, donde la sociedad está bajo el control de un banco de información de genética; Los parecidos (2015) de Isaac Ezban, ocurrida en un “momento distópico” en el cual las personas pierden la cordura; y S.A.I.A (2016) de Guillermo y Rodrigo Herrera Niembro, donde el mundo es regido bajo el poder de una súper-computadora ambientalista.
La constante de
la ciencia ficción en el cine mexicano es apostar por contextos
distópicos que, aunque están exacerbados y puestos en el futuro, representan un
reflejo de las problemáticas sociales actuales: medio ambiente, contaminación,
sobrepoblación, ética, genética, enfermedades, crisis económicas, migración,
armas, guerras o conflictos. La ciencia ficción se vuelve entonces
una forma de concientizar al público de los problemas que no están ocurriendo
en un futuro distante, sino que estamos viviendo ahora pero que aún podemos
solucionar.
Publicado originalmente el 09 de mayo de 2019 en el blog de FilminLatino.



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